"Las palabras se las lleva el viento..."

domingo, 22 de septiembre de 2013

El mayor de los peligros: La ignorancia.

El otro día, iba caminando con mis amigas por la calle, cuando la poca fe que tengo en la gente de este país se deshizo un poco más.

Fue en un paso de peatones, una de mis amigas y yo fuimos a cruzar respetando la indicación del semáforo, que en ese momento marcaba verde para los peatones, cuando ocurrió. 

Yo sentí una sensación extraña, como de peligro, y me quedé un poco rezagada observando como un coche se acercaba a nosotras a gran velocidad. Esto no tiene nada de particular, ya que todos los vehículos llegaban así y luego iban frenando hasta respetar el semáforo en rojo, pero algo en la manera de acercarse de éste en concreto no me gustó y me quedé quieta en medio de la carretera.

Conforme el coche se acercaba más y más, mi sentimiento de angustia se iba acentuando y un pensamiento me taladraba la cabeza: "No va a frenar, no va a frenar" mientras otra parte de mí me pedía que no fuera exagerada y que dejara un lado mi recelo natural ante los coches (debido a un accidente de tráfico que pasé en mi infancia).

Cuando mi instinto superó todos mis pensamientos y el coche estaba peligrosamente cerca, miré con horror a mi compañera que se encontraba en su camino ajena a la situación y comprendí horrorizada que no podría llegar a tiempo de apartarla. Así que hice lo único que pude hacer: grité su nombre y alargué el brazo inútilmente por si un milagro se obraba y conseguía apartarla.

Ella reaccionó en el último segundo y se echó hacia atrás, el coche le pasó a escasos centímetros en su muy tardía frenada. Vi las caras de terror de nuestras dos amigas que habían cruzado con anterioridad y que habían contemplado la escena desde la otra acera, vi a mi amiga con los ojos bien abiertos intentando asimilar lo cerca que había estado de ser atropellada y por último vi el coche que ya había frenado y cuyo conductor era un adulto que rondaría los 40 años y que, con un gesto que quitaba importancia al asunto, soltó un simple "lo siento" sin ningún rastro de culpabilidad o preocupación en su voz. 

Por lo general, soy una persona que suele combatir la ignorancia con inteligencia, los gritos por razonamientos, los insultos por cultismos, sin rebajarme al nivel del que solo se sabe expresar por violencia. Pero también tengo muy mal carácter y, cuando la ira me embarga, dejo atrás toda precaución y actúo sin pensar en las consecuencias. No es algo de lo que esté orgullosa, es más, estoy tratando de cambiar esa faceta mía. Pero aquel día... no me siento orgullosa de lo que hice a continuación, pero dadas las circunstancias, tampoco me arrepiento.

Una vez comprobé que ella se encontraba bien, me giré hacia el coche dispuesta a recordarle ciertas normas básicas de circulación, cuando escuché ese breve "lo siento", con esa voz de superioridad, con ese gesto de mano quitando hierro al asunto, cuando vi en su rostro que no le importaba lo más mínimo haber estado apunto de matar a mi amiga, que le éramos totalmente indiferentes y que lo único que importaba era que no tenía que pagar indemnización... Y me puse como una fiera.

Fui derecha al coche y le grité con todo el aire de mis pulmones: "¡¡¡GILIPOLLAS!!!" mientras éste aceleraba porque el semáforo se había puesto en verde. Me dirigí hacia mis amigas cuando oí un frenazo y descubrí que el coche daba marcha atrás hacia nosotras. Iba a esperarle para preguntarle si había conseguido el carnet de conducir en la feria cuando vi que mis amigas aceleraban el paso para huir hacia otra calle y me reproché a mi misma no haberme dado cuenta de que las estaba poniendo en una situación difícil. Dejé atrás mi orgullo y apreté el paso para llegar a ellas que miraban nerviosas al vehículo que, al ver que nos perdíamos por ahí, aceleró y siguió camino.

Pero la cosa no acabó ahí, mientras yo seguía despotricando hacia su comportamiento, ellas vieron que el coche daba la vuelta a toda la calle para encontrarnos en la salida de la acera por la que caminábamos y que en breves instantes lo tendríamos encima. Yo me asusté, por que temí haber puesto a mis amigas en peligro, y sugerí adentrarnos en el descampado de manera que no pudiera alcanzarnos en coche (de esta manera tendría que bajar para hacernos algo y ellas podrían correr). Así que nos adentramos campo a través y caminamos con naturalidad mientras aguardábamos que el coche se acercara. 

Cuando llegó, frenó a mi lado y me gritó: "¡¿A QUIÉN LLAMAS GILIPOLLAS?!".

Sinceramente, mi cara de asombro debió de ser increíble. Pensé "¿De verdad ha gastado gasolina para preguntarme esto? Debe tener un severo retraso mental". Y le contesté: "¡Obviamente a tí!". La respuesta no pareció gustarle (aunque no entiendo qué esperaría que le contestara) y volvió a gritarme: "¡¡NO TIENES DERECHO A INSULTARME!!!". ¿Derecho? ¡¿DERECHO?! ¡¿Yo no tengo derecho a insultarle pero él sí a saltarse un semáforo en rojo y casi atropellar a mi amiga?! La ira volvió a brotar y le encaré con fuerza: "¡¡CASI LA ATROPELLAS!!" sin creer que tuviera que recordárselo.

La respuesta con la que disipó mis dudas deberían estudiarla de la profunda reflexión y razón que lleva:

"¡PERO LE HE PEDIDO PERDÓN!"

...

Quiero recordar que el hombre en cuestión rondaría los 40 y por lo que parecía tenía hijos.

Bueno, cuando conseguí desbloquear mi mente ante la prodigiosa respuesta del conductor no pude más que decirle (cuando ya se preparaba para irse):

"¡¡¡PÍDELE PERDÓN CUANDO ESTÉ MUERTA!!!".

Este acontecimiento me dejó muy mal sabor de boca. Primero, por el hecho de que en este país si respetas las reglas te pueden pasar cosas así, segundo, porque no me siento nada orgullosa de mi comportamiento ese día ni creo que hiciera bien gritando aquella palabra mal sonante (aunque le defina fielmente), tercero, me olvidé de que no estaba sola y si ese desgraciado hubiera hecho daño a mis amigas por mi mal carácter no me lo perdonaría nunca y, cuarto, no reaccioné a tiempo de apartar a mi amiga de aquel coche infernal aunque vi el peligro de lejos, solo fui capaz de gritar su nombre. 

Si no se hubiese echado hacia atrás...





1 comentario:

  1. Desde luego que fue un hecho muy traumatizante, la gente de hoy en día, pero desgraciadamente la mayoría son adultos, cree que el coche no es un objeto peligroso. El coche es un objeto que puede matar a personas, tanto a las que atropelle como a las que están dentro. Sin embargo, muchos aún no se dan cuenta de esto.
    La actitud del señor (si se le puede llamar así) fue una de las más vergonzosas que he visto, hay que tener poca madurez y muy poco respeto por las vidas humanas para obrar así.

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