"Las palabras se las lleva el viento..."

domingo, 24 de noviembre de 2013

La pequeña y joven hoja verde.






Un buen día, en una de las ramas de un verde abedul, nació una pequeña hoja verde.

La hoja verde crecía, alimentada por la savia de su árbol y la luz solar, mientras descubría el mundo que la rodeaba. Era una hoja muy inteligente, pero también muy curiosa. En su niñez, acosaba a sus mayores con preguntas cada vez más complicadas y extrañas, en sus ansias por saber más y más.

Cuando se convirtió en una saludable y joven hoja verde común, ya sabía todo lo que había que saber sobre su árbol y todo lo que a las hojas de abedul acontecía, por lo que ya no le interesaba.

Un día especialmente ventoso, y mientras jugaba con el viento que la mecía, se dobló lo suficiente para contemplar los árboles cercanos y el paisaje en general.

Se preguntó entonces cuántos tipos de árboles distintos existían, si esas hojas distintas tendrían la misma savia, qué sabrían del mundo, qué pensarían de las hojas verdes...

El tiempo pasaba y estas preguntas se hicieron cada vez más intensas en su mente. Las demás hojas, que ya empezaban a marronear, le reñían por estar más pendiente de esas tonterías que de lo verdaderamente importante.

Cuando una hoja verde llegaba a la mayoría de edad, estaba preparada para crear sus propias ramitas, donde más adelante crecerían las nuevas hojas que se considerarían su descendencia.

Todas las hojas verdes estaban orgullosas de sus ramas, a las que dedicaban toda su vida. Se esforzaban en crearlas fuertes y saludables, con un diseño que no desentonara entre las demás ramas del árbol.

Esto a la joven hoja verde no le gustaba nada. Ella no quería hacer ramas iguales a las demás, sino especiales, diferentes, creativas, que expresaran su forma de ser.

Y la idea de dedicar toda su vida a ese aburrido y común proyecto tampoco le entusiasmaba.

Las otras hojas ser rieron de ella y le prohibieron hacer su proyecto. Pronto todas la miraban con desprecio mientras ella se dedicaba a informarse, a través de pájaros e insectos, de las hojas que vivían en otras partes del bosque, sin interesarse lo más mínimo en crear unas ramas que todas las demás hacían.

Pronto, la idea de conocer a las hojas rojas de un árbol lejano al suyo, le empezó a obsesionar.

La noticia de que en ese árbol esas hojas creaban ramas totalmente propias y originales la entusiasmó por completo. Siempre que tenía la oportunidad averiguaba más cosas acerca de ese árbol y sus hojas que, cuanto más sabía de ellas, más las admiraba.

Le habló al resto de hojas verdes de aquel impresionante descubrimiento, pero no compartieron su ilusión.
Mientras que para ella era especial e interesante, las demás lo tacharon de raro y sobrante.

No tardaron en insultar a aquel árbol y sus hojas, tal y cómo hicieron con ella cuando empezó a pensar diferente al resto.

La joven hoja verde pensó que las demás trataban de un modo injusto a aquellas hojas rojas y se prometió a sí misma luchar por no ser como ellas.

Había nacido un sueño en su diminuto corazón: viajar al árbol rojo.

Sabía que las hojas podían viajar a lugares lejanos si se dejaban arrastrar por el viento, sabía también que luego no podían regresar pero no le importó. Empezó a prepararse para su gran viaje.

Las demás hojas la tacharon de lunática e infantil, le explicaron que solo unas pocas hojas entre millones conseguían sobrevivir al viaje y le hicieron ver que ella no era la hoja más grande, ni la que más savia tenía, por lo que era imposible que lo consiguiera.

La joven y pequeña hoja verde sabía perfectamente todas esas cosas, y no iba a negar la idea de desaprovechar su vida persiguiendo algo imposible la asustaba.
Pero la sola idea de rendirse sin intentarlo y pasar el resto de su vida haciendo algo que no le gustaba y preguntándose qué habría sucedido de haberlo intentado, la aterrorizaba.

Pese a su determinación, la constante insistencia de las otras hojas verdes de que no lo iba a conseguir mellaba profundamente su confianza y hacía que se planteara seriamente dejarlo, sumiéndola en profundas depresiones.

“Las hojas verdes solo se desprenden del árbol cuando se vuelven marrones, para morir” le recordaban a coro constantemente.
“He visto algunas hojas verdes llevadas por el viento, si ellas pueden yo también” contestaba la joven hoja verde sin pestañear.
“Una hoja verde no puede durar mucho sin su árbol” le recordaban en otras ocasiones.
“El poco tiempo que dure será mucho más pleno que el que me quede aquí, aunque viva cinco veces más” respondía tozuda con el corazón palpitándole con fuerza.

Finalmente, y después de mucho esfuerzo, muchos fracasos y muchas decepciones, llegó el día en el que el viento rugía fuerte y en la dirección adecuada.

A la joven y pequeña hoja verde le brillaron los ojos y empezó a temblar de nervios y emoción. Hizo acopio de todas sus fuerzas y se dobló para alcanzar el extremo de su cuerpo que la unía a su árbol.
Las demás hojas no se creían lo que veían ya que ninguna se le ocurrió que lo fuera a intentar de verdad. Pronto empezaron a gritarle que parara y que era una estupidez.
La pequeña hoja las oía pero no las escuchaba, seguía intentando con gran desespero arrancarse de la rama. El viento hacía difícil aguantar su posición y no tenía suficiente fuerza como para desprenderse.

Muerta de miedo al ver que su única oportunidad iba a pasar de largo, se irguió desesperada para pedir ayuda. Entonces comprendió que nadie iba a proporcionársela porque todas estaban intentando impedírselo o le gritaban que no lo podía conseguir, que se rindiera.

Las lágrimas recorrieron su rostro y se sintió profundamente desdichada. Su sueño estaba ahí delante, al alcance de su mano. Y solo por no ser apoyada por los demás, solo porque nadie quería ayudarla, nunca lo conseguiría.

Algo traído por el viento la golpeó en el estómago y la echó hacia atrás. Cuando lo contempló descubrió un pequeño trocito de una rama, una astilla alargada y con la punta puntiaguda…

Y no lo pensó.

Lanzando un grito de guerra, utilizó toda su fuerza para volver a erguirse y clavó aquella punta en su unión.

Las demás gritaron de espanto y ella de dolor cuando la astilla atravesó limpiamente casi toda la conexión de la hoja. Ella volvió a blandir el arma haciendo caso omiso de la savia que salía o del dolor que sentía y volvió a cortar una segunda vez…

Y se desprendió del árbol.

El cansancio, el miedo, el dolor, las dudas, todo quedó sepultado bajo la gran euforia que embargó a la pequeña hoja verde cuando se vio volando libre por los aires.

El viaje duró casi dos días completos de los que disfrutó al máximo cada segundo. Por supuesto la inseguridad de lo que vendría después la atormentaba a cada momento pero el saber que, después de todo lo luchado, había conseguido llegar tan lejos, ayudaba a borrar los temores de su corazón y le hacía sonreír inconscientemente.

Cuando ya empezaba a preocuparse por si iba en la dirección correcta, apareció el exuberante árbol rojo de sus sueños.

Era algo más pequeño que un abedul, pero mucho más exótico e impresionante. Contempló maravillada aquellas únicas y originales ramas, sintiéndose honrada de poder admirarlas en persona.

Con cuidado de no fallar, se agarró a una de esas geniales ramas para no seguir viajando a la deriva.

Observó a las hojas que la rodeaban y que, a su vez, la miraban a ella con notable curiosidad.
Vio el característico color rojo en todas ellas, sonrió y se desmayó.

Al día siguiente despertó algo mareada. Se frotó los ojos con sus manitas y observó a su alrededor.
Lo ocurrido el día anterior le vino súbitamente a la mente y se asustó al comprobar que se había soltado. Miró su conexión y vio que una ramita enroscada la unía a la rama, suspiró.

Las hojas rojas debían de haberla atado cuando se desmayó. Sonrió al comprender esto y se percató de que la hoja roja más cercana a ella, la que debía ser la creadora de la rama donde se hallaba atada, la miraba expectante.

“Hola” dijo tímidamente, la hoja roja y otras de alrededor la miraron extrañadas.
“Claro, las hojas de este árbol hablan otro idioma” recordó entonces. Afortunadamente, lo había estudiado gracias a sus amigos alados.
“Hola” repitió entonces pero con sonidos muy distintos. Las hojas rojas abrieron mucho los ojos y se miraron entre ellas.

La hoja verde esperó mientras su corazón latía con impaciencia.

“Hola” le contestó la hoja más cercana a ella. “¿Quién eres?” añadió despacio por si no la entendía.
“Soy una pequeña hoja verde” contestó ella tímida pero decidida.
“¿Qué haces aquí?” le preguntó otra hoja roja curiosa.
“Me solté de mi árbol para venir al vuestro” respondió causando sorpresa en las demás.
“¿Por qué?” dijeron varias mientras la miraban extrañadas.
“Quiero aprender de vosotras, me gustáis mucho… quiero ser quien soy”.

Aunque no todas comprendieron sus palabras, sonrieron.

Los días siguientes los pasó aprendiendo todo lo que una hoja roja debía saber y, a su vez, explicaba cómo eran las hojas verdes de las que no paraban de preguntarle.
Rápidamente hizo buenos amigos que compartían su manera de pensar y que se alegraban de que hubiera hecho a aquel viaje hasta su árbol.
Pero no todas las hojas rojas la aceptaban, había otras que no creían que estuviera bien que un árbol rojo tuviera una hoja verde y se negaban a tratarla como a una más.

Aun así, nada podía mermar la felicidad de la pequeña hoja verde que disfrutaba cada segundo en aquel lugar, agradeciendo hasta los más mínimos detalles, ganándose la ternura, amistad y cariño de aquellos que se permitían conocerla.

Conforme pasaba el tiempo, ganaba popularidad debido a su talento y creatividad. Se comportaba como una auténtica hoja roja y contaba con una gran familia que la había adoptado como a una más. Muchos pedían que empezara a crear ramas para poder disfrutar de su originalidad, y aunque ella se moría de ganas, otros no podían dejar de ver su color verde y se negaban en rotundo.

Pero el apoyo que tenía era enorme y finalmente, un grupo de hojas rojas influyentes, le permitieron empezar. Ella dejó su corazón en sus ramas y dejó asombrados tanto a las hojas rojas, como a los demás árboles del entorno.
A partir de entonces vivió como una hoja roja más, siendo admirada por su arte. Constantemente tenía que lidiar con otros que seguían sin aceptar que una hoja verde fuera importante para un árbol rojo. Pero ella siempre les trataba con amabilidad, aunque le doliera que no la respetaran solo por ser diferente (cosa que no había escogido), porque le recordaban a las hojas verdes de su antiguo árbol, a las que ya había perdonado.

Esta noticia voló por el viento, tal y como ella hizo, y pronto hojas de todos los colores y formas supieron de su hazaña y su pasión.

Incluso llegó a oídos de las hojas verdes de su abedul que no salían de su asombro.

                              …

El tiempo pasó y la pequeña hoja verde empezó a marronear. Su hora llegaba con antelación puesto que llevaba tiempo sin probar su savia.

Observó a las hojas rojas y recordó todo lo que había vivido con ellas. Lloró emotivamente, como cada vez que comprendía que había vivido su sueño.
Las hojas rojas también se percataron de que su singular hoja adoptiva empezaba a secarse y sus corazones se encogieron de tristeza.
No todas la habían aceptado como una igual, pero las que no lo habían hecho habían aprendido de ella verdaderas lecciones de vida.

La joven hoja verde, presintiendo que su fin se acercaba, llamó a todos aquellos que la habían apoyado y les agradeció uno por uno, incluyendo a sus amigos alados, las hojas que le apoyaban desde lejos e incluso a las otras hojas verdes.
Después se despidió de todos, incluso de aquellos que seguían despreciándola, deseándoles lo mejor.

Cuando terminó, las hojas rojas quisieron darle un último regalo:

Un fruto del árbol rojo.

Pudiera parecer simple, pero en cuanto la hoja verde lo tuvo en sus diminutas manitas no pudo contener las lágrimas. Ese fruto solo se otorgaba a las hojas rojas más importantes.

Agradeció de todo corazón este obsequio y respiró profundamente. Luego, lentamente, deshizo el nudo que la mantenía atada a su querido árbol.

La pequeña hoja verde planeó dulcemente, boca arriba, contemplando cómo sus amigas rojas se hacían cada vez más pequeñas. Su vista se fijó en sus ramas, esas que siempre quiso hacer, y que destacaban entre las demás del árbol de sus sueños. Siguió observando a las hojas rojas hasta que otras ramas entraron en su campo de visión. Hojas rosas, amarillas, azules, blancas… una explosión de colores y formas que saludaban a sus ojitos que ya empezaban a cerrarse.

Y por último, el cielo.

La pequeña hoja verde tocó suelo con esta última visión y comprendió una cosa:

Todas las hojas, sean del color que sean, miran un mismo cielo.

Las hojas rojas contemplaron como la joven hoja verde se iba para siempre, con la sonrisa más sincera que habían visto en sus vidas, y lloraron su pérdida.

                                                                       

Era otra mañana cualquiera en el exuberante árbol rojo. Una hoja dirigió su mirada a las ramas que la hoja verde hizo y se maravilló ante su obra, tal y como ella y las demás hojas hacían diariamente. Esa mañana, la nostalgia la embargó con mucha fuerza, y miró vagamente el lugar donde yació aquella hoja verde con su fruto rojo.

No pudo creer lo que vio.

Pronto alertó a las demás hojas que miraban también, incrédulas, el punto en cuestión.
Algunas lloraron, otras sonrieron, pero la gran mayoría hizo las dos cosas al mismo tiempo.

En el lugar donde sonrió por última vez la pequeña hoja verde, aquel donde expiró, había empezado a crecer un pequeño brote con dos hojas.

Una verde y otra roja.

                                                                                                      
                                                                                                                                                                  Fin.







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