"Las palabras se las lleva el viento..."

martes, 2 de febrero de 2016

Chico del colgante.


No veo lugar más apropiado para escribir esto que en el metro. Han pasado ya varios días pero no podía permitir retrasar esto más tiempo, pues aquel día te hice una promesa sin que lo supieras: que no iba a olvidarte.

Fue tan real y, al mismo tiempo, tan inexistente, que cuanto más tiempo pasa más inverosímil se me hace que tuviera ese poder sobre mí, dejándome largo tiempo con una intensa sensación de pérdida.

Recuerdo que fuiste tú el primero, reparaste en mi bandolera y tu mirada incrédula despertó mi curiosidad. Empezamos entonces el viaje mientras nuestros ojos jugaban a las escondidas y mi corazón, puede que junto al tuyo, a la comba.

Fue entonces cuando reparé en el colgante que acariciabas al mirarme, que tuvo el mismo efecto que en ti mi bandolera.

Pongo por escrito las únicas cosas que me permití saber de ti: tu pelo largo y espeso, recogido en una coleta, no pude evitar preguntarme cuan guapo estarías con el pelo suelto, tus ojos vivos y almendrados, tus movimientos simpáticos y naturales y tu preciosa sonrisa sincera. Tu amabilidad dejando asiento a aquellas graciosas señoras mayores, la intensidad con la que me mirabas cuando nuestra timidez se confundía y se cruzaban nuestros deseos.

Aún recuerdo la breve espera de tu cuerpo cuando ambos fuimos a bajar en Príncipe Pío y yo me retrasé, cómo te seguí, cómo desapareciste y yo te busqué con descaro, cómo te encontré en el extremo del andén porque tú también me estabas buscando. No puedo aún olvidar la desesperación con la que nuestros ojos se buscaban, a tres vagones de distancia, cuando cogimos el mismo metro otra vez...

Sobretodo no puedo olvidar el profundo desespero que sentí, reflejado en tu última mirada, cuando te bajaste en Argüelles y yo no te seguí.

Desde entonces sigo suplicándole al universo que me dé una segunda oportunidad de encontrarte, porque jamás me perdonaré haber perdido la oportunidad de conocerte y no haber sido capaz de acercarme y saludarte. ¡Con lo fácil que habría sido empezar con un "Me gusta tu colgante"!

Salí en busca de aventura y la dejé pasar. Muero por falta de amor y no me esfuerzo en buscarlo.

Cuando se cerraron las puertas tras de ti se me oprimió el pecho cómo si hubiera perdido a alguien realmente querido... ¿Quién eras? ¿Quién habrías sido? Por mi estupidez nunca lo sabré.

Me gustaría que supieras que aún te sigo buscando por el andén, que aún guardo la esperanza de que no fuera casualidad que cogieras el metro en mi parada.

Aún persigo la fantasía de que un día vuelvas a verme con mi bandolera, y yo a ti con tu colgante, y nuestras miradas, reconociéndose, sonrían.

...

Seguramente pase el tiempo y te pierdas en las profundidades de mis recuerdos, pero fue tan real la atracción inexplicable que sentimos y tan real el dolor de verte marchar, que tuve que prometerte que no te olvidaría. Y la única manera que encuentro es conservándote en esta carta que nunca te llegará pero con la que nunca terminaré de perderte.

Atentamente, la chica de la bandolera.



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